IN MEMORIAM
Y murió el poeta, de un modo inesperado en plena madurez. Ya nada será igual para su familia y amigos, muchos. Conocí a José Antonio hace quince años, y desde entonces mantuvimos una gran amistad a prueba de los azares de la vida.
Disfrutábamos de la poesía y compartíamos vivencias, preocupaciones y opiniones, unas veces coincidentes, y otras no tanto, pero siempre, muy por encima, estaba nuestra afinidad y los vínculos de una amistad, nacida en el corazón. Estuvimos juntos en infinidad de recitales, entre ellos en el Ateneo de Madrid, junto a nuestro querido Miguel Ángel Matamala, en la Biblioteca Viva de Al Ándalus, en los diez años del ciclo, Versos en al Ándalus, donde fue un estrechísimo colaborador junto a Calixto Torres, y Antonio Flores, el Ángel de la taberna, y sobre todo en el Ateneo cordobés.
De enorme calidad su poesía, los premios no tardaron en llegarle, especialmente el Luis Carrillo de Sotomayor, Acordes de Espiel y el Juan Bernier; también hizo su incursión en la narrativa con la obra “La leyenda de Juan Álvarez”, un relato atractivo que adelantaba otros proyectos literarios de indudable interés.
José Antonio era el poeta del amor, del desistimiento, del paso del tiempo y del mar. Su corazón se revitalizaba en sus largas estancias en Fuengirola, impregnadas del sabor a Mare Nostrum, a sus oleajes y mareas, al salitre de las playas de Torreblanca. Y así cantaba en el poema “Eterno del mar” del poemario “De donde tu nombre apenas se debate”: “Eterno el mar de sal, pero tajante/ en su terna inquietad por devorar/ al hombre. Que ya sea naufragar/ en su seno –que no vuelo- el instante/ de entregarse a la muerte a pie de calle. Permanecer a saltos: navegar/”.
José Antonio vertió su enorme caudal poético en la Unión Nacional de Escritores, de la que fue delegado en las provincias de Córdoba, Málaga, Sevilla y Granada; asociación poética que ha tenido el detalle de nombrarlo tras su fallecimiento vicepresidente póstumo. También ocupó el cargo de vocal de poesía en el Ateneo cordobés y Vicepresidente primero, como hombre de confianza de su Presidente, don Federico Roca. En ese puesto llevó la batuta de numerosos recitales y organizó todo el aparato de los últimos premios Juan Bernier, de un modo brillante. Este último año organizó junto a la inestimable colaboración de Carmen del Río, un brillante ciclo poético en el Mercado Victoria de Córdoba. Por todo ello, fue distinguido en la edición 2026 de las Fiambreras de Plata del Ateneo, con la distinción de Ateneísta de Honor.
Organizador nato, logró que se hiciesen realidad los encuentros de poetas de varias provincias en su Luque natal y Osuna, la tierra de su padre.
Muy amigo de sus amigos, José Antonio tenía un carácter afable y comunicativo, nada distante, ecuánime, muy dialogante y en cualquier momento abrió su alma e intentó ayudar a los poetas, fueran noveles o de larga trayectoria. Sus hijos, Juanjo y Gracia fueron dos cielos, que estuvieron siempre, siempre, en los momentos más difíciles y en sus alegrías. José Antonio Fernández, no te olvidamos. Están tus versos, tu viva voz, siempre en el recuerdo y en el presente de los que te queremos.
José Luis García Clavero.
